Yo ya estaba dormitando, con ese adormilamiento que dan estos días de asueto o inactividad que a veces estupidizan al espíritu y el alma, pero que al cuerpo tanto reconforta aunque no lo merezca… La verdad, al principio me impactó (y digo impactó, no sorprendió), porque el impacto pega, golpea, fulmina, noquea, y aunque te cuenten hasta ocho no se logra asimilar: murió Jaime Cabrera.
Okey, murió Jaime Cabrera… Pero después de la cuenta de ocho y cuando empiezas a levantar los brazos, con esos guantes puestos que sientes que te pesan más que el cemento, asimilas: Murió el GRAN Jaime Cabrera, el ENORME Jaime Cabrera, el SEÑOR Jaime Cabrera.
San Juan del Río hoy debe estar de luto.
No puedo ahondar mucho en la gran vida vivida de Jaime Cabrera, porque pecaría de soberbia intelectual que no tengo y de una gran ignorancia supina de la cual nunca me avergüenzo.
Lo que sí sé es que fundó un bar icónico de San Juan del Río, que más que bar, fue un lugar de encuentro y de acuerdo entre la política y los políticos no solo del municipio, sino de la región y del estado. Yo tuve el privilegio de asistir a la inauguración de Bar Emiliano (no Emilianos, como después se le conoció, que ese fue un error del rotulador), en honor a su nieto al que tanto amó. Y ahí estuvo la crema y nata tanto de la política y la sociedad sanjuanense y del estado, y también, para qué negarlo, algún ojete.
Recuerdo que, en cierto momento, alguien me presentó con él (creo que su hermano Miguel), y me dijo, con esa característica sonrisa sardónica: “Ah, ¿tú eres el de El Canto de los Grillos?”. Yo, estúpido jovenzuelo (que un día lo fui), le respondí altanero: “Sí, yo soy”. Me dijo: “Vente (tal día), te invito lo que quieras”. Y pues a la gorra, no hay quién le corra, y menos con ese amor por el alcohol que entonces traía (bueno, quizás aún, porque los verdaderos amores nunca se olvidan).
Cuando acudí a la invitación (que en realidad fue una trampa, pero de esas trampas sagaces en las que aunque vas siendo devorado, disfrutas), Jaime, gallero (siempre con su caminar y su sonrisa), me empezó a mostrar sus pósteres, me enseñó fotos, me contó anécdotas (donde siempre, inescrutablemente, salía a relucir el nombre de su gran amigo, Rogelio Garfias Ruiz, “don Rogelio”, ya fallecido, director del periódico Noticias)… Me dijo: “Ya vi que traes un estilo golpeador, y me gusta, la verdad me gusta, son cabrones; nomás te pido que no toques a Rogelio”.
__Pero don Jaime -le dije-, ahí me imprimen mi periódico, sería echarme la soga al cuello.
“Nomás ayúdame con eso”, escuetamente contestó. “Y yo te ayudaré”, agregó.
Yo nunca lo sentí como una amenaza, sino como un trato de caballeros. Yo seguí yendo al bar y siempre fui bien tratado. Obvio, un borracho siempre tiene encuentros y desencuentros, y yo los tuve con su hijo Hitler (que en paz descanse), con Charly… pero también ahí me divertí jugando futbolito. Ahí siempre me trataron con amabilidad y aprecio sus otros hijos, Matías y Diego.
Años más tarde supe que Jaime cumplió su promesa: “yo te ayudaré”… me enteraba por interpósitas personas de cosas trascendentes de la política de San Juan del Río, porque él así lo decidía.
Cuando lo supe, por agradecimiento decidí dejar de asistir a “Emiliano” (para evitar las suspicacias) y solo iba cuando tenía antojo de los chiles en nogada que siempre, siempre en cualquier época del año, hacía su hija Mariana (“Mariana por siempre”, ella sabe por qué).
Hace como tres meses, su hijo Diego (aún secretario de Gobierno municipal) me dijo: “Hace unos días estaba platicando con mi papá y habló de ti, de Luis Garduño (compañero periodista), de cuando iban al bar y platicaban, siempre se acuerda”.
Yo vi a Jaime en abril del año pasado, en un evento del presidente Roberto Cabrera en el balneario San Pedro. Me saludó, igual, con su inigualable sonrisa, y le dije: “Emiliano ya no es lo mismo sin ti, Jaime”. No dijo nada, nomás se agachó.
Yo solo recordé cuando él me decía: “Esta es tu casa”.
Y yo me sentía en casa.
Descansa en paz, Jaime.
[El Canto de los Grillos] Jaime Cabrera, el hombre que sabía, mecía y casi nunca decía
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