Desde hace más de un año que no escribo esta columna, que es eminentemente política, y cuya vuelta a publicar tenía yo programada para el miércoles 8 de enero de 2020. La retomo antes, hoy, en esta para mí triste madrugada del sábado 9 de noviembre, después de espabilarme un poco del shock que me provocó el recibir hace casi tres horas la noticia del lamentable deceso de un amigo, para mí gran amigo, profundo, entrañable, Enrique Rocher Ugalde.
Quienes estuvimos cerca de él en estos últimos meses, sabiendo de su enfermedad, sabíamos que solo quedaba esperar un milagro, pero, obviamente, no se está preparado para que sea tan pronto la partida.
Enrique fue un hombre sui géneris, con una autoestima muy elevada que a veces, lo reconozco, rayaba en la soberbia; pero también era muy bondadoso, generoso, y para quienes lo tratamos íntimamente, hombre sensible y gran ser humano.
Amaba sobremanera a sus hijos y quería ser rico por ellos.
Hombre de ideología arraigada y firme, ciegamente priista hasta el fin.
Gran profesionista.
Admirador profundo de Luis Donaldo Colosio, Fernando Ortiz Arana, Víctor Rojas Zetina y, obviamente, Luis Miguel. “¿Hay otro?”, me decía. Obviamente no lo hay.
No recuerdo concisamente en qué momento comenzamos a ser amigos. Pero sí que gracias a otro gran amigo, Juan Carlos Alcántara, nos conocimos. Lo que sí, es que nuestra amistad echó profundas raíces en los últimos tres años. Doña Vicky, su madre, puede dar fe de ello. De hecho, tuve el privilegio de que en estos últimos meses fui de los pocos a quien siempre le contestaba el teléfono y nos mensajeábamos, y me otorgó también el privilegio de estar con él en el hospital para caminar y conversar después de una severa crisis.
(Y hace casi 4 años, el 9 de diciembre, nos metieron a la cárcel).
Pese a su estado en estos últimos meses y semanas, él siempre se mantuvo con la frente en alto y con unas ganas tremendas de vivir. “Ya no voy a ser presidente municipal para la que viene, pero verás que en 2027, si Dios presta vida, voy a ser”, me dijo hace dos semanas. Esa, esa frase, siempre la tenía, “si Dios presta vida”. Hoy, ya no prestó.
Quisiera contar tantas cosas, tantas anécdotas, pero ni es el espacio y hay cosas que se deben guardar para siempre.
Enrique falleció a las 22:40. Yo me enteré a las 23:15. A mí se me hacía una exageración cuando escuchaba decir a alguien “sentí un latigazo en el corazón”; y quizá lo es. No sé si fue lo que sentí, pero sí sé que fue un desprendimiento. Lo malo de seguir vivo es que, poco poco, se te va parte de tu esencia con la partida de tu familia y tus amigos.
Yo no sabía del gran amor que le tenía a Rocher (como los chocolates) hasta hace un rato. Pero tengo la tranquilidad de que se lo demostré, a veces muy fuerte, este año.
Bien lo decía Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va galopando su destino, empieza el alma a vibrar, porque se llena de frío.”
A Enrique lo recordaré siempre con las canciones de Luis Miguel, que cobijaron nuestras múltiples bohemias. Sobre todo: “Hasta que me olvides y me rompa en mil pedazos, continuar mi gran teatro… Hasta que me olvides”.
Yo nunca te olvidaré, Enrique.
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